Despacio a veces se va mejor

Pues si. Cada mañana subo despacio, a ritmo de mis hijos, una cuesta que separa nuestra casa de su guardería. El recorrido es cortísimo (Como ves Google Maps dice que son 600 metros que a pie deberían tardarse 6 minutos) pero yo lo hago al ritmo que marcan ellos. Como tienen tres y dos años el ritmo suele ser lento habiendo llegado a tardar alguna vez media hora incluyendo por supuesto paradas técnicas. Y es que el ritmo es el que digan, el que lleven.

Siendo como son de pequeños la gente me mira con cara de mal padre, supongo que porque suben a pie. Especialmente inquisidoras son las caras de los que a sus hijos los suben en carrito o los que como el portero de mi casa los suben en hombros a pesar de que el niño tiene como seis años y ya se está haciendo un hombretón…

Y esta mañana en vez de observar a mis hijos me he dedicado a observar a los padres, para ver cuáles eran sus actitudes. Pocos no han ido metiendo prisa a los niños y haciéndoles correr. ¿Por qué? No lo se pero era algo común a todos los que me he encontrado.

Cuando los dejo empieza mi recorrido a la oficina por el Retiro. Me suelo encontrar con los mismos corredores, con las mismas estatuas y árboles, con la misma soledad de cuando llueve a cántaros, con las multitudes del verano y su sol. Y siempre que voy con prisa vuelvo al mismo pensamiento ¿para qué? Por supuesto que me refiero a la prisa «per se», no porque haya quedado en una hora concreta que la verdad es que cuando es así soy bastante puntual.

Me doy cuenta, supongo que tu también, que muchas veces vamos deprisa por inercia ¿Has probado alguna vez a ir más despacio contigo mismo? ¿Has probado a no correr cuando el semáforo se está poniendo en verde? ¿A llevarte una cámara y hacer fotos? ¿A no estar pendiente del móvil? ¿A leer incluso a la vez que andas?

La primera vez que lo hagas te sorprenderás que no ha pasado nada por esperar al siguiente semáforo (siempre hay otro después) ni por haber dejado de ver una llamada perdida o un mail en la Blackberry. Cada vez que pienso qué he conseguido por llegar un poco antes a un sitio en vez de disfrutar del camino me topo con la misma respuesta. Nada.

Eso si. Si que me acuerdo cuando llego a la oficina, descargo las fotos y comparto en mi blog uno de esos paseos, el de Madrid nevado. Merece la pena ir despacio. ¿no?

Hoy no voy a ser políticamente correcto

Me estoy leyendo el libro de Arturo Pérez-Reverte «Cuando éramos honrados mercenarios». Cada cuatro o cinco años lo compro, o me lo traen sus Majestades de Oriente como esta vez. Para los que no lo sepáis no es más que la recopilación que el escritor español hace de sus artículos que cada fin de semana escribe en el XLSemanal y que puntualmente va publicando en su Web.

Esta mañana, como llovía y quería leer he ido en autobús. Por supuesto había tráfico pero me ha venido bien para leer varios artículos y no atender a los coches. Como estoy empezando pues toca el inicio y me he topado con «Al arte de pedir«que aunque ponga el link también os lo reproduzco y al final pongo mi añadido, mi tazita de hoy.

Qué bonito. El otro día un concejal de no sé qué habló de mendigos y mendigas. Ya hasta la miseria real o presunta debe ser socialmente correcta. Y está bien ponerla al día, la verdad, porque últimamente todo cristo pide algo por la calle. Como antes, pero más. Estás parado en una esquina, sentado en la terraza de un bar, caminas por la acera, bajas las escaleras del metro, y siempre hay alguien que te pide una moneda. Los hay que abordan con tacto exquisito –«si es usted tan amable»–, que lo plantean como un favor puntual –«présteme para el autobús»–, los que se curran el registro del colegueo –«dame argo que ando tieso, pa mí y pal perro»– y diversos etcéteras más, incluidas las rumanas de los semáforos, que no te las quitas de encima ni atropellándolas, y esas Rosarios de rompe y rasga que, cuando rechazas la ramita de romero, te llenan de maldiciones y desean que te salga un cáncer en mal sitio, por malaje. También vuelve un tipo de mendigo que parecía extinguido: el que enseña los muñones como en tiempos de Quevedo, sólo que ahora suele tener acento eslavo o de por ahí. Aunque uno al que veo mucho en la puerta del Sol no sé qué acento tiene, porque va por la calle Preciados con los muñones de los dos brazos al aire y un vasito de máquina de café cogido con los dientes para que le pongan las monedas, soltando unos gemidos infrahumanos que hielan la sangre.

De todos ellos, como creo haberles contado alguna vez, los que nunca me sacan un céntimo son los llorones: los que se ponen de rodillas gritando que tienen hambre, o sitúan un Cristo o una Virgen delante, los brazos en cruz y el rostro inclinado entre la supuesta oración y la supuesta vergüenza por tener que pedir para que coman sus hijos; como uno que no me extraña que tenga hambre, porque lleva diez años arrodillado con su estampita junto a un lujoso hotel de Madrid en vez de buscar trabajo en la obra más cercana, que está llena de inmigrantes con casco, ganarse el pan y comer algo. Tampoco me gustan los que piden con malos modos o mala sombra, por la cara. Si me van a sacar viruta, pienso, al menos que se la trajinen. No hace mucho, paseando una noche con Javier Marías, nos abordó un sujeto con malos modos y acento extranjero. Al decirle que no, el jambo se puso delante cortándonos el paso y nos soltó: «Maricones». Cuando me disponía a darle una patada en los huevos, Javier se interpuso, metió la mano en el bolsillo y aflojó un euro. «Por perspicaz», le dijo con mucho humor. Fuese el otro, y no hubo nada. Y es que el rey de Redonda es así: pacífico. Y lleva suelto.

A otros, en cambio, si se lo curran, les das la camisa. Es cuestión de oportunidad y de concepto. De arte. El caso más espléndido me ocurrió hace poco en Cádiz. Salía con mi compadre Óscar Lobato de comer en El Faro, en el barrio de la Viña; y cerca de allí había en la acera, junto a un portal, un fulano sentado en un sillón de cretona con cabezal de ganchillo: un sillón casero de toda la vida, sacado afuera, supongo, para que su propietario tomara el fresco. Y el propietario en cuestión estaba a tono: chándal, zapatillas, treinta y tantos años largos, tatuaje carcelario en la mano, un pitillo en la boca. Imagínense la escena, el tipo sentado en el sillón, la ropa tendida, las marujas de charla en los balcones, las palomas picoteando restos de bollicao en el suelo. «Denme argo, caballeros», dijo el fulano cuando pasamos por delante, sin moverse y con mucha educación. Óscar, que es de la tierra, se detuvo ante él, lo miró con una cara muy seria y la guasa en sus ojos de zorro veterano, y comentó: «¿Hace calor dentro, verdad?». Y el del sillón dijo: «Jorrorozo». Óscar introdujo con parsimonia la mano en el bolsillo. «Tú eres de Cádiz, claro», apuntó. Y el otro, sosteniéndole la mirada imperturbable, respondió: «De Cai, zizeñó. Y a musha jonra». Mi compadre le dio un euro, yo otro, y cuando echamos de nuevo a andar, el pavo se puso en pie, fue caminando un trecho detrás, y al cabo lo vimos cruzar la calle y meterse tranquilamente en un bar, a invertir el capital: uno de esos sitios con barriles de cerveza en la puerta, mucho tío dentro, mostrador de cinc y fotos de equipos de fútbol en la pared. Nos lo quedamos mirando, y al fin Óscar, con un suspiro, murmuró: «Cádiz». Y luego, con una sonrisa: «Cómo no le vas a dar. A la criatura».

La tazita es que este tema se está recrudeciendo y me joroba, me jode vaya, en castizo Revertiano.

¿Qué me jode? Me jode que no somos un país luchador, lo hemos dejado de ser. Hemos perdido la fuerza de nuestros antepasados que se pusieron el mundo por montera, mundo en el que no se ponía y el sol y nos dedicamos a no pelear por algo sino por joder al de al lado. Por supuesto que si no no tengo al de al lado para pelear pido o robo, que para qué vamos a luchar si nadie lo hace.

¿Qué hace falta? ¿Qué hay que hacer? ¿Necesitamos algo fuerte fuerte para reaccionar? Fuerte fuerte fue el 11-M y ni con esas, humeaban los trenes y ya estaban PP y PSOE machacándose.

Y al final esto es como los hijos, si no das ejemplo nunca pidas que tu hijo sea alguien razonable.

Por mi cercanía a muchas realidades conozco casos que necesariamente requieren ayuda externa, mendicante. Y ahora viene la burrada políticamente incorrecta: A pesar de conocer esos casos también me atrevo a decir que la mayoría de la gente que pide dinero en la calle de cualquier manera es alguien que lo hace porque si, porque es lo más fácil ¿para qué trabajar? ¡Si encima si te pones tonto y reúnes unos requisitos te dan 420 euros!A los pobres de verdad no se les ve en la calle, a veces porque estos mismos caraduras no les dejarían los sitios «buenos»…

Daros una vuelta por las ciudades y mirar a los pobres. No a los pobres que no se ven, sino a «los de siempre» ¿Quién te encuentras en tu semáforo? ¿Siempre el mismo puntual con la misma cantinela? ¿No te preguntas si a los que nos los encontramos de verdad son los que están «trabajando»?

Necesitamos cultivar el esfuerzo, desde abajo, desde casa. Que cuando tu hijo tenga que hacer un esfuerzo lo haga y no sean ellos el centro del mundo. Sólo así podremos cambiar esta inercia que nos lleva a una guerra, a una depresión o un Argentina Europea.

Hala, he dicho. Me voy a trabajar que si sigo pensando sigo diciendo burradas (y chorradas)

Soy un «jefe» muy raro ¿no?

El otro día le conté a un amigo cuáles eran mis usos como «jefe» y me miraba con cara de pasmado, como si para él esto fuera de locos, de raros, no sé. ¿Y por qué? No es que haga cosas raras pero si cosas que quizá están fuera de uso para un «jefe» de los de toda la vida. De hecho lo primero que le sorprende a la gente de mí es que ni en mi mail ni en mis tarjetas no pone cargo, ni CEO, ni socio, ni Director General, ni «jefe», ni ná!

¿Qué más cosas son «raras» en mí?:

  1. Me siento con todo el mundo, en una sala grande, no es la primera vez que hablo de mi sitio de trabajo y esto no es muy raro pero bueno, primer síntoma. Para mi es muy importante por muchos motivos: porque no necesitas grandes despachos como el que yo tenía ni cosas que esconder, porque apoyas a tus trabajadores y porque además te ven trabajar más que a nadie con lo que das ejemplo.
  2. Uno con el primer punto: Trabajo más que casi todos los trabajadores de coches.com Ojo que para mi esto no es algo de lo que aprender pero hay pocos trabajadores que estén a mi altura, en este momento sólo Nuño, que trabajen lo que yo. Quizá esto no sea un raso de un «jefe» sino de un imbécil o de un emprendedor pero vaya, que trabajo mucho.
  3. Sigo enlazando con puntos anteriores: A principio de año pensé que me podría bajar el sueldo y lo hice, por si acaso, todo el mundo pintaba como horrible el año y por si acaso lo hice. Es verdad que las cosas han salido fenomenal y que podían haber salido igual de bien si hubiera cobrado lo que cobraba en el ejercicio anterior pero lo hice un poco por principios, yo me podía bajar el sueldo porque no necesito mucho dinero para vivir y así lo hice. Ni que decir que nadie en la oficina le pasó lo que a mi.
  4. Friego, barro, ordeno… Cuando a Arrola le da por ordenar no hay quien me aguante. Soy de los maniáticos del orden (el otro día hice un mercadillo de cosas sobrantes de la oficina, seguro que todo el mundo terminó hasta las nerices de mi) Pero es que me molesta ver cosas que no están donde están y que tampoco están en la basura si deben estarlo. Y creo que tener un sitio de trabajo ordenado hace tener el coco ordenado y trabajar más eficazmente. Otro día escribiré de este tema pero es que incluso el tener el ordenador organizado, saber manejar herramientas tontas de ofimática ayuda a mejorar la productividad. Mucho.
  5. Regalos de trabajo: Raro es el regalo que no reparto entre mi equipo. Y no porque no lo valoro, me encanta que me regalen y lo agradezco muchísimo pero en principio no me quiero quedar nada. Prefiero que le llegue a la gente que tiene el mismo mérito o más que yo y que normalmente recibe menos con lo que o lo regalo o lo disfrutamos juntos (que a veces pasa). Digno de grabar es la cara del recién llegado a la empresa cuando ve que su «jefe» le regala algo que no era para él 🙂
  6. Cesta de Navidad: ¡Tampoco he tenido cesta de navidad en la oficina! Todo el mundo ha tenido un detalle, todos los años se hace, pero lo mismo que en un punto anterior. No necesito de una cesta para ser feliz y por eso no me la regalo.
  7. Otra paradoja es que mandaré lo que mando en coches.com pero coche de empresa pues no, va a ser que no (De hecho en casa sólo tenemos un coche y es prestado)

Además de estas cosas tengo otras, muchas malas y supongo que soy tan insoportable como muchos «jefes» pero en esto dicen que soy raro ¿Qué te parece? ¿Lo soy?

Feliz Navidad y bajadas de crucifijos en forma de felicitación

Lo primero es lo primero… ¡Feliz Navidad!, os pongo una felicitación que hemos mandado estos días para los que no habéis recibido por no estar en mis destinatarios. (La felicitación completa está aquí)

Lo segundo la felicitación que más me ha gustado y que os reproduzco, como tal no es felicitación pero sirve para pensar que la polémica sobre los crucifijos no tiene sentido para ese de ahí arriba sino para nosotros, que con una u otra opinión nos dedicamos a chorradas. Aquí va, se llama «El bajísimo» de José Ramón Ayllón

El Bajísimo

Una Nochebuena, cuando Thomas Hardy es un niño, alguien se refiere a los bueyes del pueblo y dice: «Ahora estarán de rodillas». Mucho más tarde, cuando ya tiene 75 años, escribe estos versos:

Todavía, si alguien dijese en Nochebuena
‘vamos a ver a los bueyes de rodillas,
dentro de la cabaña solitaria de aquel valle lejano
que solíamos visitar en la infancia’,
con él iría por la oscuridad
esperando encontrármelos así.

¿Qué se puede añadir a estas palabras bellísimas? Que no es necesario que lo descuelguen y lo bajen de las paredes de las aulas: Él mismo, Altísimo como es, con una grandeza que no puede contener el Universo entero, se abajó más de lo imaginable hace 2000 años, en una fecha que dividió la Historia en dos. Y eso lo saben hasta los bueyes. Desde entonces, ha sido y es “música maravillosa para el oído que le escucha, miel dulcísima para los labios que le nombran, delicia para el corazón que le ama”.

José Ramón Ayllón