Ya han pasado diez días desde que corrí los 42 kilómetros y 195 metros de la marathón de Nueva York y no hay uno que no piense en la experiencia. Lo he hablado con mucha gente y casi siempre me salen cosas distintas y quizá escribirlas aquí me sirvan para unirlas todas en un solo relato.
No voy a contar el por qué la corrí, cuando me apunté, ni qué es una marathon, eso ya lo escribí en otro post titulado correr una marathón. Hoy me voy a centrar en ese día, bueno mejor dicho, en esos días en un Nueva York que es una ciudad que me encanta.
Si miro atrás me veo entrenando mucho y solo. Y es que correr en solitario es distinto. No puedo decir que sea más difícil pero si que es eso, distinto. A pesar de que traté de convencer a gente que se apuntara, no cuadró encontrar a nadie, que tuviera dorsal y que además fuera a mi ritmo. Así que han sido muchas horas de series, cuestas, farleigh, carreras largas, pesas… Horas maravillosas de escuchar música, pensar, de estar en medio del monte o en medio de una ciudad y de tener, en definitiva, tiempo para ti, que también es necesario.
Y siento que he entrenado solo pero no del todo. Aunque no ha corrido la marathón Myriam es parte de ella. He tenido una preparación de cinco meses y ha sido ella la que siempre me ha cubierto con los niños y con todo lo que pudiera apoyar para que yo pasara más tiempo en la calle. Al viaje por supuesto que Myriam me acompañó y fui añadiendo gente que vino a animarme, mis suegros (grandes), amigos… ¡es que Nueva York tiene mucho encanto!
No voy a enredar mucho el post con un Nueva York en el que se veía ambiente runner por todos lados. No le daré mucho espacio a cenas en el River Café, en Il Gattopardo, un día de compras, un Mary Poppins espectacular, una ópera Carmen en el Metropolitan de las bonitas bonitas (si te gusta la Ópera no dejes de ver La Habanera, La Seguidilla, la muerte de Carmen…). ¡Qué maravilla de viaje!
Me voy a la carrera, directo con una sensación que los americanos lo hacen todo a lo grande y fácil. Creo que es Luis Martín Cabiedes, él que dice que «los americanos son tan listos que juegan al rugby con casco», a lo que yo añadiría que es que encima lo hacen con normalidad, sin aspavientos y a lo grande.
Y es que todo en la marathón de Nueva York es alucinante. Lo primero es que ¡te levantas a las 4:30 de la mañana!. Suerte fue que esa noche cambiaron la hora en Nueva York y se durmió una hora más, pero como te tienen que llevar al puente de Verrazano, los autobuses van saliendo desde las cinco. Aunque la organización es impecable, es mucha gente la que hay que transportar hasta la base militar desde donde sale un recorrido con varios puentes, y varias salidas, que tienen que tener completamente libres de cualquier tipo de tráfico.¿La primera salida? Sí, desde las 8:30 hasta las 10:10 salen seis: sillas de ruedas, profesionales hombres, profesionales mujeres y otras tres del resto de tropa (que al principio se subdividen en tres recorridos distintos).
Te sientes raro cuando a las cinco de la mañana vas en un autobús lleno de gente con una ilusión enorme por correr la marathón. Raro porque tiene su pelín locura cruzarte Manhattan de noche para ponerte a correr 42 kilómetros, pero eres un loco feliz. Y las locuras felices siguen. Llegas a una base militar en la que todo está maravillosamente organizado en cuanto a zonas de espera, comida y bebida caliente, autobuses de UPS que llevarán tu ropa a la llegada, bandas de música y demás eso si, hace un frío de narices y se hace un poco largo.
Y es que desde que llegas sobre las cinco y media de la mañana hasta tu salida, te pueden pasar más de cinco horas. El frío no ocultaba que iba a ser un día totalmente despejado en Nueva York pero el sol tardó en salir y lo noté un poco y eché de menos algo más de ropa que sin duda mucha gente de mi alrededor ya tenía experiencia y estaban equipados hasta arriba.
Mi salida era a las 10:10. Tenía la mala suerte que en el puente inicial de Verrazano me tocaba por dorsal en su piso de abajo pero como ya iba avisado «me colé» para poder disfrutarlo desde arriba. La sensación de la salida es indescriptible, atruena en los altavoces «New York, New York» de Sinatra, sobrevuelan helicópteros, los barcos sueltan agua debajo del puente, retumban las zapatillas de los corredores en el puente suspendido mayor de Estados Unidos y ¡te quedan 42 kilómetros por delante corriendo por Nueva York! ¿Lo quieres ver? Algo se intuye…
El recorrido para mi tiene lo más bonito en su gente. No hay momento que no te estén animando, no hay zona sin gritos, sin grupos de música improvisados: raperos, rock duro, africanos, latinos ¡en Harlem sonaba «Welcome to the Jungle» de Guns and Roses!, momento piel de gallina, glabs…
Y es que la ciudad entera se vuelca contigo, te lleva en volandas, te encuentras banderas de todos los colores, gente regalando bebida, platanos, dándolo todo. Otra anécdota con las banderas es que me tuve que encontrar al típico con la bandera de los presos de ETA, no pude reprimirlo, el animaba (supongo) y cuando pasé a su lado le grité: ¡te has olvidado de dejar la bandera en tu pueblo! Evidentemente alucinó 🙂
Pasas por Brooklyn, por Queens, por el Bronx, por Harlem y al final solo por Manhattan. Hay mucha gente que piensa que pasas por todo Manhattan pero no es así. Para mi no deja de tener su encanto correr por esos otros barrios tanto por la animación como por las vistas del skyline del centro de la ciudad, ¡vaya! ¡otro momento piel de gallina!
Tanto disfrutar y me pasó lo que sabía de sobra que no me tenía que pasar: iba a muy buen ritmo, para bajar de tres horas y media pero ese era mi tiempo objetivo, otra cosa son los medios. Hay muchas maneras de correr una marathón pero una de las «normas» es que no debes ir a un ritmo muy ajustado porque lo pagas al final. Es preferible ir por encima de tu tiempo medio por kilómetro y no pensar que ese iba a ser tu día de suerte, pero uno es humano y competitivo contra uno mismo y se piensa que la lotería toca, y por supuesto no me tocó.
A pesar de que me vinieron a animar en distintos puntos del recorrido (cosa que es clave aunque los veas fugazmente) y que mi amigo Diego se unió en la milla dieciséis el final fue duro. A partir de la diecinueve mi mala estrategia me empezó a hacer perder tiempo. Los kilómetros ya no estaban todos por debajo de cinco minutos, ¡los últimos los llegué a hacer seis minutos y medio!
Y es que lo que supuestamente hacía mucha ilusión y era precioso (Central Park) se me hizo infernal. Cuando pasamos por el kilómetro cuarenta recuerdo decirle a Diego que se me estaba haciendo eterno ¡que todavía quedaban dos kilómetros! Es curioso como una distancia así se te hace lo más largo del mundo mientras que si un día sales a correr a los dos kilómetros ni siquiera estás sudando en condiciones.
Diego me vino genial, me apoyó muchísimo pero cuando llegué me dije a mi mismo que nunca más ibas a correr una marathón, estaba mareado, tenía las piernas agarrotadas y aunque había llegado bien de respiración y no parecía que fuera a perder uñas como en otra vez ¡me encontraba de espanto! Al final tardé 3:51:29, lejos de las tres horas y media esperadas.
Tardé un rato en llegar donde me esperaba Myriam y nos fuimos, yo muerto, al hotel. Un rato después tocaba cenar pasta y ya empezaba a pensar en cómo convencer a Myriam para ver cual va a ser mi próxima marathón… Hasta hoy, que sigo pensándolo y disfrutando del recuerdo.







