Un día en el Bulli

Contaba el otro día que me iba a comer a El Bulli, cómo había sido el proceso de conseguir mesa, dónde dormiríamos, y que los detalles os lo contaba a la vuelta y aquí estoy…

Y voy a decir dos cosas inconexas: La experiencia es sublime, alucinante, recomendable, todo lo que quieras, pero no volvería. Salimos con la idea de que es una experiencia que si se puede hay que tener, volvería a pagar por ella si no hubiera ido, pero una vez que la has tenido tenido piensas que no pagaría por una segunda vez. Y que sea una experiencia no lo digo yo, lo dice el propio Ferrán Adrià: “En el Bulli no se come, se vive una experiencia”

Todo en torno a El Bulli es de película. Que esté tan lejos como está tiene todo el sentido del mundo. Seguro que Ferrán Adrià y Juli Soler no se plantearon que estuviera allí más que porque surgió la oportunidad, porque son catalanes o porque el sitio es precioso. No querría ni pensar la demanda que tendría un restaurante así en una gran ciudad como Barcelona o Madrid. El Bulli recibe hoy dos millones de peticiones de mesa al año y sienta a 8.000 afortunados (50 comensales 160 días al año aproximadamente) pero está donde el viento da la vuelta. ¿qué cifras representaría esto en una gran ciudad? Si Noma (hoy mejor restaurante del mundo) no estuviera en Copenhague sino perdido en un fiordo ¿qué pasaría? ¿tendría menos demanda? Estoy seguro.

El caso es que llegamos con tiempo por una carretera infumable sin quitamiedos, eso si, preciosa. El día era maravilloso y mis acompañantes hacían miles de fotos como si fueran japonesas por la ventana del Peugeot RCZ que nos habían dejado.

Al llegar una pequeña cala, tres carteles de El Bulli y una cuesta abajo que lleva a un aparcamiento que no entran más de veinte coches. Nos hicimos fotos fuera, la verdad es que puede sonar raro pero nos hacía mucha ilusión la experiencia. Nada mas entrar una casualidad: un compañero del colegio que me contó cómo había conseguido mesa. Parece ser que de los comensales de cada año de El Bulli, la mitad son para antiguos clientes, y de la otra mitad el cincuenta por ciento para clientes internacionales. Como él no conseguía mesa desde España se lo pidió a un amigo que vivía en Inglaterra y a la primera la consiguió por correo electrónico.

Cuando entras en El Bulli es como cualquier restaurante pero lo primero es pasar a la cocina para ver a Ferrán Adriá. Sorprendía lo cortado que era el bueno de Ferrán. Quizá estaba concentrado, quizá no tenga mucho don de gentes, pero no era nada comunicativo. Lo pude apreciar con detalles distintos. Llevábamos uno de sus libros para que nos los firmara y ni ahí sacó salero… Nos hicimos todos una foto con él delante de la cocina (nos la hicieron porque no parecía que les gustara que las hiciéramos nosotros) y nos contaron rápido en qué consistía una cocina separada en lo que llaman mundo dulce y mundo salado y en que unos treinta cocineros volaban sobre multitud de aparatos y platos. ¡Un espectáculo!

Otro pensamiento que me surge, es el valor que debe tener Juli Soler (socio de Adrià pero que regenta El Bulli desde antes incluso que entrara el gran cocinero). Soler dirige el restaurante desde 1981 y es él el que le plantea a Adrià ser jefe de partida cuando entra en 1983 y jefe de cocina al siguiente año. A Juli Soler no se le veía casi si no sabías quien era pero estaba atento a todo, nada se movía en el restaurante sin que él lo viera, sólo había que observarle…

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Te sientas en la mesa (solo un plato para cada uno y una servilleta, no hay de inicio vasos, cubiertos, decoración…) y empieza la guerra. Normalmente estás acostumbrado a que te ofrezcan una bebida pero aquí no. Lo primero fue un snack (algo así como los aperitivos) y ya un sin parar de treinta y cinco (35!) platos que te dejan tumbado.

¿Por qué digo tumbado? Porque aunque algunas raciones puedan decirse que son pequeñas al final son treinta y cinco platos y muchos de nosotros no podíamos más. Cada plato era una experiencia y venía con sus instrucciones. Tres o cuatro minutos y venía un camarero a contarte qué había que hacer con el plato, si era uno o dos bocados, si se tenía que mojar en algo, si algo se comía o no se comía, si el tartar era sorpresa, si…

Los camareros merecen un punto y aparte, para mi de lo más alucinante de la comida. Para que os hagáis a una idea. Hay cincuenta comensales, pongamos diez o doce mesas pero casi ninguna ha empezado a la vez. Y cada cuatro minutos viene un plato, varias personas que te los traen, que te los cuentan, que lo hacen de una manera agradable y a veces simpática. Y eso con platos que suelen tener copas, cubiertos unos si y otros no, aderezos de último momento. ¡y con diez mesas a la vez que cada uno va a su ritmo!

La carta de vino es otro punto. Una de las personas con las que compartí mesa fue el encargado de elegirlo. Siendo un experto (al menos en saber qué le gusta y por tanto qué está bueno o qué es bueno) le costó mucho, muchísimo, elegir. Hay más de 1.600 botellas distintas…

Volviendo a la comida ¿estaba todo bueno? Pues mira, alguna cosa no lo estaba. Y no es que lo dijera yo, es que coincidía una mesa de siete personas. La estructura del menú era en sabores ascendente, lógico, pero el final era muy de ceviches y alguno demasiado original e historiado. Por señalar lo mejor, de lo malo me he olvidado ya, varias cosas: Un helado de parmesano con módena, albahaca y fresa, una cigala “al natural”, un globo de gorgonzola, una tortillita de camarones de llorar, un tartar de tomate y cristal pelado que podía parecer de carne, un gazpacho y ajo blanco que sabía a tomate y era blanco…

Leía hace un tiempo en el blog de Pablo Herreros que en su cena en El Bulli no se hablaba de nada más que de la comida y lo que hay en torno a El Bulli. Y a nosotros es verdad que nos pasó lo mismo, no hubo más temas que la comida, el restaurante, Adrià. Parece como que entrar a comer o cenar ahí es una experiencia tan intensa que no tienes tiempo de pensar en nada más que en comer.

Cuando ya la gente pedía la hora tras varios postres (literal por lo que habíamos comido) alguien preguntó: ¿Queda mucho? Y le dijo un camarero: Solo un postre. Pero el postre era la caja de chocolate, al nivel del que ha sido cuatro años mejor restaurante del mundo y probablemente del mejor cocinero que existe y vaya a existir.

Al salir y antes de coger el Peugeot RCZ, ¡cuatro horas después! nos quedamos un rato en la terraza, recordando y comentando y quizá quien sabe, haciendo planes para ver si vamos a ver por qué Noma es mejor que El Bulli ¿les lograré convencer? Copenhague espera.


Un comentario en “Un día en el Bulli

  1. Qué buena crónica, Iñaki! Me ha encantado además recordar cada plato en el carrusel de fotos que publicas. A mí sí me gustó, pese al frío que pasamos, y pese a que 4 de los 5 que íbamos tuvimos problemas de estómago días después.

    Lo descubrimos a raíz de una escatológica pregunta que me hizo @PatColon, y que te traslado como si fuera un meme: ¿has hablado con tus compis de cena? ¿Y nadie ha tenido diarrea ni molestias 2 ó 3 días después? El cuerpo humano no está preparado para tanta “guarredida españolarr”, que diría el gran Chiquito :).

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