…es de esas cosas que hay que hacer al menos una vez en la vida. Lo malo es que cuando corres una tienes que correr más.
Ya ya, ahora viene el que «correr es de cobardes», el «yo prefiero las carreras en la cama» y resto de frases… Vosotros os lo perdéis, si queréis no sigáis leyendo, quizá esto no sea para vosotros. 🙂
Por empezar desde el principio ¿cuánta gente sabe qué es una marathon y por qué los 42.195 metros de la carrera? Muchos piensan que es la distancia que separa Marathon (una llanura griega) de la ciudad de Atenas y que esa distancia fue el recorrido que hizo Filípides, antes de morir, en el año 490 antes de Cristo para anunciar la victoria de los griegos sobre los persas. Todo es verdad salvo el el pequeño detalle que lo que recorrió Filípides no mide 42.195 metros sino unos 26 kilómetros. ¿Y entonces? Pues los 42.195 metros es la distancia que en los Juegos Olímpicos de Londres de 1908 se estableció como prueba de marathon, que venía de los 40 kilómetros de los Juegos Olímpicos de Atenas 1896, y que no es nada más que la distancia del Castillo de Windsor al Estadio Olímpico. Así de sencillo y de absurdo (como muchos ingleses).
Mi historia con la marathon es de ya hace ya muchos años. Ya no me acuerdo cuando, quizá el año 2000 corrí la marathon de Madrid. Era más joven y quizá un poco inconsciente. Digo que no estaba muy en mis cabales porque fue mi primera gran carrera después de salir del colegio, era deportista pero de correr correr nada. A mi amigo Emilio Tena y a mi se nos ocurrió un día que por qué no prepararla y con eso nos pusimos. Nos dedicamos a ir a la pista de atletismo del que fue mi colegio y a dar vueltas al circuito clásico de 400 metros. La suerte fue que pedimos ayuda a un mito poco conocido del deporte español y que es profesor del colegio: Luis Miguel Landa que por entonces era Seleccionador Nacional de Fondo y famoso por la dureza de sus clases de Educación Física.
La marathon no nos fue bien. Pinchamos al final del todo, donde casi todo el mundo. Emilio tuvo problemas musculares que le tuvieron de masajes un buen rato, íbamos matados y lo terminamos en 4:34 horas. Y digo que no fue bien en cuanto al tiempo que pensábamos hacer y el que hicimos, lo que si que fue alucinante fue la experiencia. ¿De lo más alucinante que he hecho en mi vida? Muy probablemente, por supuesto después de casarme con mi mujer y tener los tres niños.
Fue una experiencia única por ser capaz mentalmente de hacer esa animalada, por ser capaz de luchar contra ti mismo, por el compañerismo que hay, por el ambiente, por correr por tu ciudad para ti, por correr con un amigo, por tener la piel de gallina cuando oyes Carros de Fuego en un gran altavoz que un cualquiera saca en la calle Goya, por perder dos uñas, por todo esto y por mucho más.
Y como las experiencias como esta hay que repetirlas pues me he metido en otro jaleo. ¡El 7 de noviembre corro en Nueva York! Se me ocurrió sin hablarlo con Myriam y me apunté al sorteo y tocó. Muy fácil. Y es que correr en NY no es fácil porque entras por sorteo, pagando a una ONG (mínimo unos 2.000 dólares) o con una marca fuera de mi alcance.
Con lo que llevo intensificando lo que corro mucho con un plan que me han preparado, esta vez no ha sido el gran Luis Miguel Landa, y ese día saldré de Staten Island hacia Manhattan y su Central Park. Bufff, piel de gallina….






