Los niños que llevan tirantes llegan antes

Me acuerdo mucho de mi abuelo materno. La verdad es que siempre fue de esos abuelos que quieres tener, por lo que sonríen, por la de bromas que te hacen y en mi caso por lo que siempre me motivaba, por lo mucho que me enseñó.

Fue quien me enseñó jugar al ajedrez y quien me enseñó a perder. A perder porque no recuerdo que me dejara ganar ni una partida y por supuesto nunca se la gané. Siempre que ves un niño te quedas con la duda de qué es mejor para que aprenda, que le dejes ganar alguna vez o que pierda siempre y con eso que aprenda, que luche.

Y la verdad es que cuando ya han hecho unos años desde su muerte no puedo acordarme más de todo lo que perdí con él pero también de todo lo que aprendí. Me enseñó cada movimiento del ajedrez, siempre con ese tablero que él mismo construyó, que solo con él podía tocar y que hoy tengo como regalo, tantos años después de su marcha.

Y hace unos días me he acordado mucho de él, mucho. Me encontré este dibujo que me hizo, esta historia que ya es un mantra para mi, que siempre recuerdo. Parece que de pequeño no me gustaba llevar tirantes. Supongo que es de estas cosas que las madres tienen y mi madre era de tirantes siempre, cinturón nunca. Para mi debía ser un tema recurrente porque mi abuelo, que además de buen abuelo te hacía un dibujo en un segundo, me animaba a llevarlos con un «Los niños que llevan tirantes llegan antes y el niño que lleva cinturón es un bobalicón»

Y hoy solo escribo estas líneas para recordarle y para con esto acordarme de que esto consiste en pelear, en ganar o perder pero en pelear. Si no luchas, si no llevas tirantes te conviertes en bobalicón y claro, pierdes al ajedrez.

Mis propósitos de fin de…

Es momento de hacer balance, es momento de mirar lo que fue el 2011 y hacer planes para 2012, de reflexionar lo que has hecho bien y mal y de planificar hacia adelante. ¿no?

Eso me preguntaba viendo este mundo online de reflexiones, «best moments of», propósitos y demás de estos dos años.

Y yo, que a veces me siento como que quiero llevar la contraria me decía que no. Que no porque se me hace difícil ni siquiera recordar todo lo que he hecho en 2011 bien y por supuesto mal.

¿No te pasa? ¿Te acuerdas de lo que ha pasado durante todo el 2011? No dudo que es bueno hacer la reflexión de todo el año pero a mi al menos me cuesta mirar «tan atrás». Y digo tan atrás porque la vida pasa muy rápido y un año para mi es mucho.

Y como se me hace tan difícil mirar para atrás me pasa lo mismo con el «para el 2012». Si no me acuerdo del inicio del 2011 estoy seguro que en unos días se me habrán olvidado los propósitos del año 2012 y no quiero que pase con lo que me he hecho el propósito de acordarme aún más del payaso que ilustra este post.

Todos los días veo el cuadro del payaso. Es una historia bonita, de alguien que se gastó sus primeros sueldos en pagar un cuadro de para mi una mente genial, del gran Antonio Mingote. La historia incluía un «vente a mi casa y elige el que quieras», y eso es un reto, el que quieras de una casa en la que no cabe un cuadro del famoso pintor de Sitges.

No se lo que te imaginas tu que lees esta líneas pero yo me imagino el Metro de Madrid y mucha gente oscura que ni siquiera ve el payaso que está sentado entre medias. ¿No ves la escena? ¿No te pasa que en el Metro mucha gente parece triste? En el propio cuadro hay miedos, tristezas, oscuridad y un payaso que sonríe.

Y así quiero ser yo. Estoy un poco hasta ahí de escuchar que este 2012 va a hacer bueno al 2011, que feliz 2013, que nos queda lo peor y demás. Y me quedo con que da igual, con que vamos a hacer el camino igual y que hay que iluminar a nuestro alrededor, como ese payaso. Estoy seguro que por mucho que lo lleve con más o con menos alegría las cosas van a ser iguales. Da igual como me lo tome pero estaré donde tenga que estar al final de 2012.

Entonces, mi propósito para hoy, y espero contagiarte un poco, es ese . Ser como ese payaso y transmitir lo que tengo dentro y ayudar a que las cosas sean las que son, mejor o peores, pero con alegría.